Son las nueve de la mañana y estoy mirándome en el espejo del baño. De mi rostro y el flequillo aún chorrea el agua que aventé para acelerar el letargo e inyectarme un poco más de ganas de vivir este día que acababa de empezar para mi. Las nueve y media de la mañana. En el cuerpo solo puede entrarme agua a temperatura natural, ya tengo la cara seca pero de mis profundidades aún chorrean retazos de sueño, fragmentos de cortometrajes pesados. No tengo hambre, definitivamente, y si como algo será para que me caiga pesado y cargar con eso buena parte de lo que queda de la mañana. No, seguiré con el agua. En una ocasión cualquiera hubiera comprado una empanada y aguantar con hermoso gusto la queja estomacal. Son las diez y catorce y está bueno este día gris, los rostros de las personas que me acompañan en esta espera casual por el semáforo r...