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La ciudad negra



Mi relación con la ciudad es oscura, literalmente hablando. Cuando callan los motores de los vehículos, los pasos apresurados de los sonámbulos que van y vienen de su esclavitud diaria disminuyen y se disuelve el smog, esa nube negra y espesa olor a progreso, yo salgo a la calle, yo vivo.

Se desliza el tiempo, son las ocho de la noche de un miércoles cualquiera. Algunos humanos aún esperan el colectivo que los lleve a sus madrigueras a cenar algo y remojar las ojeras en algún programa idiotizante de la televisión nacional (el humanus paraguayus es un ser de cuatro paredes), las miradas se pierden en puntos inexistentes a través de las ventanas de los colectivos, los rostros se iluminan por smartphones. 

La ciudad se aquieta lentamente cuando transcurren las nueve de la noche. En el centro de la ciudad los animales nocturnos se juntan en los pancheros, lomiteros y otros en los canastos de basura hundiendo sus hocicos buscando un trozo de algo que alimente.

Esporádicas linternas de cuatro ruedas pasan a las diez de la noche. Los vasos de cervezas se recargan una y otra vez en los bares, esquinas, copetines y cualquier otro lugar que sirva de excusa para olvidar la vida. A mi particularmente me gusta la melodía estridente de un buen rocanrol, pero acá en Asunción uno no debe esperar un bar abierto dónde satisfacer los gustos musicales un día cualquiera entre semana, la aldea se viste de ciudad recién cuando llega el viernes.

Yo camino, compro un par de latas y me sumerjo en pensamientos y doblo las esquinas guiado tal vez por la sorpresa de la siguiente cuadra, y luego la siguiente y así. Ya casi conozco a todos las heridas (desde lejos, aclaro) de los fantasmas de la noche de Asunción. A las once de la noche y de ahí en adelante los “nadies” se adueñan de las calles. Son mis humanos favoritos, con sus siluetas sombreadas inclinándose sobre las bolsas negras de basura buscando algún alimento, algún material de cartón, latas o lo que sea que sirva para cambiarlos por unos billetes. Otros se encuentran en las estaciones de servicio pidiendo alguna moneda a sus tíos que somos todos.

Indígenas que han quedado sin tierra y fueron condenados a deambular fantasmagóricamente por las calles reflejando la imagen más mísera e inhumana de una sociedad caníbal capitalística.
Los nadies también habitan las mañanas, el buen observador de la ciudad los puede ver mezclado entre los demás seres, pero ellos permanecen ahí, invisibles.

Y así pasan las horas. A lo lejos un par de tiros, en las esquinas trabajadoras sexuales probando suerte con el primer caminante que pisa su territorio, unas risas borrachas, una patrullera pasando y nada más.

Me siento en la lomitería de la calle Paraguari y me pido una birra. Hago un par de llamadas, se me unen un par de amigos y así empezamos el ritual de disolver la angustia en risas y ahogar a la tragedia un poco latosa de que el azar, ese dios implacable, nos haya hecho nacer en una ciudad que tiene más de aldea temerosa que de ciudad feroz.

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